La paradoja de la víctima

En la vida, siempre llega un momento en el que somos víctima de alguna situación: crisis, despido, acoso, abuso de confianza o abuso a secas, enfermedad, mentiras, engaño… la lista, desgraciadamente,
es infinita… Entonces, lo pasamos mal: de un poco mal a horrorosamente mal, dependiendo de la
gravedad de la situación y también, en gran medida, de la actitud que adoptamos al respecto. No me extenderé aquí sobre los (afortunadamente numerosos) casos de excepcional valentía que
demuestran algunos individuos frente a situaciones especialmente adversas. Tampoco hablaré de los
que deciden coger el toro por los cuernos y actuar, en la medida de sus posibilidades y recursos
propios, que creo son la mayoría. Más bien quiero hablar de lo opuesto, de las víctimas que optan por seguir siendo víctimas. Las conocéis: se quejan de todo lo malo que les han hecho los demás, bien ciñéndose únicamente a la
situación que han sufrido, bien generalizando al mundo entero que, ya se sabe, es el culpable de todas
sus desgracias… Ahora bien, no niego que uno pueda ser realmente víctima total de una situación. Es más, quejarse es
humano y tenemos derecho a ello.
Pero quedarse en el estado de víctima es una trampa. Primero, porque desgraciadamente no sirve
para nada: lo pasado, pasado está, y no por mucho quejarnos vamos a cambiarlo. Y sobre todo, porque
la situación de víctima es una situación de total dependencia.
Me explico: por un lado, si uno es víctima, se sitúa en el lado del bueno frente a los demás que son los
malos, y esto es bastante reconfortante. Pero, y es un gran pero, si todo lo malo es culpa de los
demás, entonces el problema sólo lo pueden solucionar ellos. Y allí está el problema, y la paradoja: creemos aliviar nuestro dolor culpando a los demás, mientras quelo que hacemos en realidad es hacernos doblemente dependiente de ellos. Nos quedaremos allí,
esperando a que los culpables se den cuenta mágicamente del daño que han hecho y aporten una
solución. Porque además, en infinidad de casos, “ya que son ellos los malos”, no vamos encima a hablar
con ellos (en el caso de poder identificarlos), ni a denunciar nada. Y así nos podemos quedar
indefinidamente…
En cambio, si aprendemos de esa situación y nos hacemos responsables de lo que nos ocurre, aunque
parcialmente, es cuando vislumbramos lo que podemos hacer al respecto y cómo vamos a actuar para
salir de allí de la mejor forma. Incluso en las situaciones más adversas, o dónde somos víctima al
100%, el quejarse o apiadarse de uno mismo es legítimo, pero superarlo sólo pasa por hacerse uno
responsable, no ya de lo que ha pasado, sino de cómo quiere uno reaccionar, y decidir qué acciones o
qué actitud adoptar. En esos tiempos difíciles es, a menudo, cuando uno descubre el alcance de su
fortaleza, muchas veces sorprendente.
En conclusión, cuando somos víctimas de una situación, la única salida válida es la acción. Nos podemos
permitir una corta fase de queja, pero quedarnos en el auto-compadecimiento, lejos de aliviarnos, nos
encierra más aún. La solución no vendrá con saber quién es culpable, sólo vendrá con decidir “Qué
puedo hacer ahora?”.

Estelle Gatinaud
Coach